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YO CORRÍA RALLYES ¡PERO EN MOTO!

PERE CASAS

Continuamos con los rallyes de asfalto en moto, porque uno de sus máximos exponentes en España, el periodista del motor y piloto, Pere Casas ha tenido el detalle de enviarnos esta joya en la que nos cuenta que era eso de los rallyes de asfalto y desgrana sus vivencias en esta disciplina que era tan bella como dura. Os dejamos con él. >>>

Como yo no quiero ser contador de la historia, sino de historias, os voy a citar cómo y de qué manera se corrían los rallyes de moto hace veinte años. Se trataba de “unas carreras largas en carretera y con motos de carretera, donde se seguían tramos tipo rallyes de coche, siempre en carreteras viradas y puertos de montaña, en las que tenías que mantener unos promedios tanto en los controles horarios de los enlaces, como en los tramos “de regularidad” para no incurrir en penalizaciones”. De esto a que “tú que corres en moto porqué no te apuntas a uno”… sólo hubo, pese a mi reticencia inicial, un reto y una jarra de cerveza…

 

“No, mira, que eso de andar como un loco por carreteras con árboles y postes quizás que no”…

-“No hombre, que no son de correr, sino de contar”…

-“¿¿¿¿¡!????

– “Eso, que de lo que se trata es de andar toda la mañana en moto por carreteritas de esas guapis. De vez en cuando te encuentras con tramos en los que tienes que mantener un promedio, no de carreras, pero siempre el mismo… haya curvas o no”…

-“¿Me estás diciendo que no gana el más rápido? ¿Qué m. de carreras son esas…?”…

 

Bueno, por supuesto, había oído hablar de los hermanos Pañella, sobre sus BMW 800, por ejemplo, por citar algunos de los “buenos” en aquello, pero poco más. Sea como sea, me apunté sobre mi Yamaha XJ600 totalmente de serie -con portapaquetes y todo, y con aquellos estrechos neumáticos japoneses “bridgespiedra” de la época- a un rallye individual en Terrassa…

 

Y ya me tienes comprando una caja Acerbis “portaroadbooks”, parecida a una caja de conexiones eléctricas, pero con tapa transparente y con unos ejes de aluminio para enrollar los papeles del recorrido del roadbook. Total: una mañana de invierno, aparecí con mi moto de calle en una “carrera de rallyes de motos”… No te cuento que había que pegar “con celo” cada una de las hojas del rutómetro hasta formar una tira larguísima, y que evidentemente, aquella mi primera vez, los pegué en sentido contrario al correcto y tuve que rehacerlo todo….

 

¡Ostras!… El tema tiene su miga: los “corredores” salíamos minuto a minuto. Ingeniándonoslas para no perdernos en carreteras más tortuosas que una cuerda dentro de un saco –mirando y enrollando a la vez lo del roadbook en marcha, como decía, tenías que ir llegando a los controles horarios a la hora señalada. Allí, fichabas, y te daban salida a las “secciones controladas” o “cronometradas” que duraban unos cuantos kilómetros. En ellas debías “ir contando” y “cada siete segundos” pasar por un mojón de 100 metros, buscando “ir a 40 por hora mantenidos”, por ejemplo… Nunca sabías en cuál de los centenares de mojones – eso, si aún no habían desaparecido - sería donde te controlarían: de hecho, el truco estaba en que los “controles” – mejor, los “controladores” - se escondían tras los árboles para que no les vieras. Total: pasar el mojón señalado con adelanto o con retraso significaba segundos – y puntos - de penalización… Al final se sumaban los de cada uno a lo que podías palmar en los CCHH, y ahí estaba el ganador de un rallye de regularidad…

 

En esto, no hay demasiada diferencia con los actuales rallyes de coches “antiguos”, ¿verdad?... Pero en motos, la cosa evolucionó… hasta morir de éxito.

 

Para “contar” y no penalizar, como en los coches, había distintos sistemas, aunque en moto, lo tenías que hacer todo tú mismo, sin copiloto… Para marcar el tiempo exacto de paso por los hitos, algunos llevaban relojes con “rataplam” (o “ratrappant”) que volvían a 0 desde 7 y vuelta a empezar… Pero en el curso de los tiempos, se llegaron a instalar en las motos lucecitas que se iban apagando, y los pilotos llevaban en el bolsillo cassettes con auriculares que iban repitiendo la letanía de 7, 6, 5… etc…

 

Yo sólo sé que al cabo de dos kilómetros de ir contando y a 40 por hora mantenidos en el Coll de les Estenalles me dije “esto es un aburrimiento” y, aprovechando que la carretera estaba más o menos controlada, fui gas a fondo el resto de los tramos… Penalicé por adelanto todo lo del mundo, pero me dio igual: eso de los rallyes, estaba claro, no era para mí…

 

Unos años después, sin embargo, dejé de correr en circuito… Mientras tanto, habían nacido ya los rallyes “cronometrados”: en las secciones o tramos ya era “marica el último”, como en los rallyes de coches de verdad, y el que tardaba menos en la suma de todas ellas, salvo penalizaciones en los CC HH, ganaba el rallye.

Esto ya era para mi inteligible e inteligente… Eso sí, los rallyes de motos se seguían corriendo en “parejas” de dos motos, con un solo piloto por moto, claro… ¿El motivo? En un recorrido de más de 500km diarios entre despeñaperros, ¡alguien tenía que echarte en falta si no llegabas a algún control o al final de un tramo!, ¿no?...

 

Un personaje tan peculiar como Joanpere Juanpere, un periodista que fue al mundial por Solo Moto, justo la revista donde yo trabajaba… y del que podríamos escribir una novela – que deberá ser contada en otra ocasión - fue decisivo para promocionar en esta revista, y por ello, popularizar, una especialidad nueva: los rallyes de moto.

 

De repente, empezaron a menudear en la prensa las elegías, églogas y exégesis de unas peculiares parejas, que algunos recordaremos… Toti Vilà-Pascual, Bultó-Bultó (Ignacio “Yato” y Álvaro “Bros”, precisando sus alias…), o Galí- Macià… Luego descubrí que, entre nosotros, íbamos a ser “los totis”, “los yatos” o “los galís”…

 

Y JP-JP me invitó a correr un rallye de compañero de un amigo suyo muy rápido sobre su GS1000: Marc Baurier… Era el de Lleida, puntuable para el catalán. Salí al rallye tras entrenarlo un poco, pero a ciegas de cuál era el ritmo, y como venía de los circuitos, “fui a tope de tope” todo el rato. Casi matándome…

La sorpresa: quedamos segundos del rallye, apenas a unos segundos de Vilà-Pascual, los Campeones de España… y en la “scratch” o clasificación individual, Toti me ganó por 0,7 décimas… Y yo, con mi Dominator absolutamente de serie…

 

Claro, fuimos al siguiente rallye, ya de Cto. de España, en Albacete… y me di de cara con la realidad: a ritmo digamos de rallye normal, me sacaron un mundo. Pero estaba ya encendido, así que al año siguiente, monté un equipo precisamente con Toti para correr sobre unas Honda XR que fuimos preparando en Servei Moto… Aquello fue un no parar: imagínate un rallye con 10 especiales.

El procedimiento era este. Nos plantábamos en la primera curva y hacíamos tres seguidas, una y otra vez, hasta que “nos las sabíamos”. Luego, otras tres curvas: lo mismo. Luego otras tres… Después, uníamos estas tres secciones hasta conocerlas de memoria. Ya te puedes imaginar lo duro que resultaba llegar, de tres curvas en tres curvas, a aprenderte del todo cada uno de los tramos de la carrera. Y sí, era como llevar a Luís Moya al lado, pero en el hemisferio derecho de tu cerebro, que iba cantando: “a fondo hasta el árbol, luego cierras –cuidado con el bache- metes un par de marchas y cortas por dentro por fuera de la gravilla para salir abierto y otra vez a fondo hasta la de derechas, que, cuidado, se cierra y mejor entrar por fuera”…

 

El tema es que, veinte años después, aún tengo una idea de cómo era el tramo de El Berrueco o el de Canencia del rallye de Madrid…

 

Perdimos aquel campeonato en la última prueba, la “Volta a Catalunya” cuando más o menos lo teníamos: íbamos casi primeros en el rallye. Yo apenas concedía un par de segundos a Jordi Macià, piloto “local” y superrápido sobre su mucho más ligera Husaberg oficial. Pero al salir de un control horario, mientras Toti estaba enrollando el roadbook rodando por delante de mi, y yo hacía lo mismo, vio unas décimas de segundo antes que yo que “había que entrar en el cruce a la derecha”. Él giró de golpe (nunca mejor empleada la expresión) mientras yo estaba aún con la vista baja mirando el rutómetro y… chocamos: resultado: rodilla mía rota, y la “puñetera XR”, como hacía muchas veces en caliente, no le dio la gana de arrancar… a pesar de que nuestros rivales pero amigos nos empujaran con ganas… Penalizamos por fuera de tiempo, y a casa… En el 92, volví a correr con otro “Campeón de España”, Xavier Jardí. “Garden”… También me enseñó mucho…. Yo, en realidad, era un “novato” frente a ellos. Preparamos la XR hasta las cejas gracias a Jaume i Enric Gustems, de “Mecánica Perfecta” y, con este nombre, como se diría, “no hace falta decir nada más”: aunque pesadas, aquellas XR corrían que se las pelaban…

Todo acabó en el rally de Madrid. Tras ir a entrenar allí tres fines de semana consecutivos – por eso te digo que aún me sé de memoria los tramos - y un cuarto sábado-domingo directos a la carrera, nos dimos cuenta que “los Borjas”, Gibernau y Bultó (este, Juan “Cani”), llevaban en la capital más de una semana entrenando… Esto era absolutamente inasumible a nivel de costes, que pagábamos de nuestro bolsillo: de siete u ocho equipos “oficiales” – Honda, Husaberg, Cagiva-Bordoy, Yamaha, Gilera, KTM…- ya sólo quedábamos nosotros… Nos disputamos “Madrid” a fondo. Borja hizo el scratch en Berrueco. Yo hice el del Atazar… Llegué a final de tramo, te lo aseguro, temblando como un vibrador de pura tensión y sobredosis de adrenalina: fui absolutamente a fondo… ¡y con sustos de verdad! Mi compañero Xavier “Garden” no llegó. Los siguientes corredores no le vieron caído… y hubo que buscarlo… Estaba al fondo de un barranco, inconsciente, y con la moto encima y quemaduras importantes…

 

Aún corrí unas pruebas de la temporada siguiente, con Enric Gustems, compaginando el uso de las XR en el campeonato “de circuito” Sound of Singles, donde eran bastante competitivas. En eso terminé tercero en 1992… Pero en el Costa Brava, en el tramo de Sant Grau, simplemente, “me equivoqué de curva”: mi “Marc Martí” particular me cantó una quinta a fondo cuando en realidad era una tercera recortando. Entré como un obús entre los árboles. Milagrosamente, ni un rasguño. La XR, sin embargo, casi partida por la mitad… Los rallyes de velocidad “acabaron muriendo de éxito”, por el incremento de costes y competitividad inasumibles, prácticamente aquella misma temporada. Me di el gusto, eso sí, de ganar “mi último rallye”: el Ciutat de Barcelona: se corría en los tramos al lado de mi casa – Sta. Creu d’Olorda, Flor de Maig - que me conozco curva a curva y salí a correr sin necesidad siquiera de entrenarlos… ¡Qué descanso!...

Pere Casas, un verdadero Rude & Racer!

 

Desde Rude & Racer damos mil gracias a Pere por habernos hecho disfrutar compartiendo este fantástico relato con todos nosotros. Salud amigo.

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